jueves, 19 de marzo de 2009

cine. El luchador

Cuando terminé de ver Réquiem por un sueño, hace ya unos añazos, dije varias cosas... y ninguna buena. Entre ellas, destacaban las siguientes:
  • La trama es simple, efectista y pretenciosa.
  • Los personajes son maniqueos hasta decir basta.
  • Visualmente muy bonita, sí. Pero pura mímesis.
¿A que viene este flash-back? A que, cuando salí del cine en el que había visto El Luchador, hace ya unos días, no pude evitar decir varias cosas y ninguna buena. Pero, sobre todo, lo curioso es que eran exactamente las mismas que critiqué en el film que hizo grande Darren Aronofsky y que han sido las constantes que, film tras film, han ido cavando su propia tumba. Vamos a por el deja-vu:


LA TRAMA ES SIMPLE, EFECTISTA Y PRETENCIOSA. Se puede resumir en una línea, lo que no siempre es malo: antigua estrella de la lucha libre se resiste a abandonar su carrera por mucho que esté totalmente desconectado del mundo más allá de las cuerdas del cuadrilátero. Se medio enrolla con una stripper, y la caga. Intenta reconciliarse con su hija, y la caga. Suena mal así resumido, pero es que sobre la pantalla es peor. Mucho peor. La trama se expone a través de escenas sin profundidad alguna, con menos verosimilitud que el cuento de Caperucita Roja: las acciones buscan la espectacularidad a través de la rimbombancia, creyendo que mostrar a un Mickey Rourke con menos movilidad facial que Keanu Reeves ya es suficiente para dotar de magnetismo a la cinta. Si todo esto parece malo, aún hay más: Aronofsky no conoce límites en su pretenciosidad y aborda la caída del mito, uno de los temas más interesantes de la cultura contemporánea. A lo que yo sólo puedo exclamar: Manolete, ¿¡si no sabes torear, pa qué te metes!? Darren, esta vez has mordido más de lo que podías masticar.

LOS PERSONAJES SON MANIQUEOS HASTA DECIR BASTA. No hay profundidad psicológica que justifique las acciones de los personajes (la "reconciliación" padre-hija y la posterior pelea son, simplemente, bochornosas). Todos se mueven a golpe de guión. Y, teniendo en cuenta que el guión es flojo, no es difícil imaginar que los actores tienen poquitas capas que explorar en sus interpretación. Más bien, ninguna capa: sólo hay lo que ves desde el principio. Y esto no sería malo si Aronofsky no introdujera un vergonzoso discurso previo al final (y destinado a magnificar la cosa) de "lo que hay dentro de las cuatro cuerdas no me hace daño: es lo que hay fuera lo que me hiere". De nuevo: pretencioso. Parece ser que para este director sólo existen los colores absolutos (el rojo intenso del héroe total, el azul pálido de la prostituta humilde y buena gente). Y claro, combinar colores absolutos puede impactar al espectador. Pero, en mi caso, llamadme raro, me gustan los grises y los colores intermedios.

VISUALMENTE MUY BONITA, SÍ. PERO PURA MÍMESIS. Réquiem por un sueño cogía la estética indie de celebración audiovisual de finales de los noventa y la llevó a un extremo, eso sí, delicioso. The Fountain flirteó con la estética del cine clásico para inocularle un virus de cine de género... y fracasó. En esta ocasión, El Luchador recurre al cine indie de toda la vida, con cámara movida y texturas cerdas, convirtiendo la falta de pretensiones visuales en un simple juego mimético. Algunos dirán que el director depura su estilo a favor de la desnudez del film. Yo digo que, simple y llanamente, todavía no he visto ni un atisbo de "estilo" en Aronofsky.

lunes, 9 de marzo de 2009

tv series. The Office: la importancia del estado personal


HACE UN PAR DE AÑOS... que vi la primera temporada de The Office (la versión británica). Según recuerdo, aquellos días me descojonaba una media de tres veces por minuto, los personajes me parecían supurantemente cómicos, las tramas desternillantes... Sin embargo, lo dejé parado y postergué la segunda temporada "para más adelante". Ese "para más adelante" se ha convertido en "un par de años". Y algo ha tenido que cambiar, porque...


A DÍA DE HOY... por fin he ventilado la segunda temporada de The Office y los especiales de Navidad. Y, tal y como intuía hace un par de años, es una de las mejores series de televisión que he visto nunca. El único problema es que mi relación con el material de Ricky Gervais se ha instaurado en una zona tan ambigua que me veo incapaz de encorsetarla en el género de la comedia. Porque, en esta ocasión, más que reir, cada capítulo me ha conducido al borde de las lágrimas y el desagrado. El personaje de David Brent (Gervais) me ha resultado desagradable hasta el nivel de la náusea: su caracterización de jefe arrogante e ignorante a partes iguales dejó de hacerme gracia en el primer capítulo para provocarme un rechazo tremendo. Y ese malestar, probablemente, sea un logro mucho más profundo que los chascarrillos inmediatos que son los causantes de que la serie entre por los ojos a la primera. Ahí va la primera gran baza de The Office.

El resto de logros son más habituales pero igual de interesantes. El nivel de comicidad de cada capítulo es elevadísimo, pero la pericia de Gervais para trocar lo gracioso en dramático roza la genialidad: conocedor de que al drama le basta un plano para filtrarse en los acontecimientos, los gags se mantienen en cámara más allá de su resolución, revelando el patetismo de un personaje que se tropieza con la tristeza de su propia realidad pero sigue actuando como si nada. Basta con sostener el plano de Brent justo después de cagarla para que la sonrisa se te congele y adviertas la tragedia detrás de este pelele.

Por lo demás, se puede afirmar que lo que hace grande a The Office es, precisamente, la implementación de una clásica historia de amor en el seno de una comedia corrosiva pero trágicamente real (no es difícil ver reflejado tu lugar de trabajo en la oficina de Brent y compañía, ¿verdad?). La relación entre Dawn (Lucy Davis) y Tim (Martin Freeman) corre por los caminos de esa abulia de clase media-baja contra la que es tan difícil luchar. Y es por eso que su triunfo final es nuestro triunfo. Es tan fácil conectar con todo lo explicado en The Office porque nunca recurre a la facilidad del melodrama, sino que bebe de las dificultades de la realidad. Y será por eso, porque mi realidad, mi estado personal, no es el mismo ahora que hace dos años, que las risas de entonces no han desaparecido, pero se han visto enriquecidas con lagrimitas nada culpables.

martes, 3 de marzo de 2009

cine. It's written (2): El curioso caso de Benjamin Button


Habrá quien advirtiera ayer que el título del post sobre Slumdog Millionaire se enmarcaba en un intrigante It's written (1). Esto no venía a significar que mi reseña del film se dividiría en dos partes, sino que me reservaba el (2) para otra película que vi unos días después y en la la máxima It's written volvía a planear omnipresente por encima de cada fotograma. Se trata de El curioso caso de Benjamin Button. Pero, en este caso (curioso), el It's written acaba aflorando a los labios del espectador (o, al menos, a mis labios) de forma peyorativa.

Y es que, desde las primeras escenas, cuando la base de la trama se establece en forma de viaje al pasado en forma de diario en tercera persona, la pluma de Eric Roth ocupa el primer plano de la pantalla. Aquí hay que preguntarse dos cosas: ¿quién es Eric Roth? Y, sobre todo, ¿por qué sale su nombre ante de que hablemos de David Fincher? La cuestión es que Mr. Roth ha visto su nombre ligado a guiones tan ilustres como el de Forrest Gump, Ali o Munich. Por si eso no os lo deja suficientemente claro, añadiremos aquí la relación Eric Roth = "ese guionista que te asegura un pastizal en taquilla y que además da la impresión de estar haciendo cine de autor". Pero, ojo, "dar la impresión" no es lo mismo que "hacer". Así que, siguiendo con el "dos más dos son cuatro" básico del mundo hollywoodiense, hay que tener en cuenta que ese mismo mundo hollywoodiense también está en crisis: la mayor parte de filiales "indies" de las majors (las que tiraron adelante proyectos como Zodiac, por ejemplo) se han ido al garete. Y es sabido por todos que las majors tendrán muchas virtudes... pero el riesgo no se cuenta entre ellos. ¿Adivináis por dónde voy? Pues sí: hay muchos rumores por ahí de que El curioso caso de Benjamin Button es más una película de Eric Roth que de David Fincher. Y aquí no sólo suena el río, sino que lleva agua a raudales.

Y es una pena, porque en el plot básico subyace un potencial a punto de estallar que no llega a prender ni en forma de bengala. No hablemos de fuegos artificiales mayores, claro. La trama acaba cayendo en clichés faltos de inspiración e imaginación, incluso ñoños, incurriendo continuamente lugares comunes del peor cine clásico (¿la historia de amor rusa? ¿los planos finales de personajes que han conseguido sus objetivos? ¿el capitán de barco "artista"?): el It's written se formula en forma de golpes de guión que Roth ni se esfuerza en disimular y, mucho menos, excusar elegantemente (como sí es el caso de Boyle en Slumdog Millionaire). Pudiera parecer que la narración deja todo el peso sobre unos actores con oficio, sí, pero incapaces de reanimar los cadáveres de unos personajes que, en más de una ocasión, parecen mirar directamente a la cámara y preguntar: "Mr. Roth, ¿usted sabe lo que es la psicología de personajes?". Y es que, después de una duración a todas luces excesivas (y que, además, se permite el lujo de incluir varios rellenos prescindibles), acabas por descubrir que, muy bien, las andanzas de Benjamin Button son interesantes, divertidas e incluso emotivas (a un nivel muy primigenio y sin ningún tipo de sofisticación), pero que no tienes ni pajolera idea de lo que pasa por la cabeza del personaje cuando Brad Pitt mira a Cate Blanchett con ojos de cordero degollado. ¿No debería ser mucho más ambiguo y atormentado alguien que crece a la inversa? ¿No debería sorprenderse el resto del mundo, aunque fuera un poquito, de las peculiaridades de Button? ¡Ah! Los efectos especiales muy bien, sí. Pero es que unos efectos impresionantes no valen los seis euros que yo pagué en taquilla.

(Por cierto... Releo lo escrito y me parece increíble no haberle dedicado ni una linea al trabajo de David Fincher. Que conste que soy muy fan de este director. Pero es que, si he de ser sincero, no lo vi por ningún lado en esta película. Así que, ¿qué podría decir?)

lunes, 2 de marzo de 2009

cine. It's written (1): Slumdog Millionaire


Slumdog Millionaire se cierra, justo antes de sus créditos, con un guiño sutil pero sublime. De hecho, el film termina respondiendo a la pregunta con la que se abre. Al principio del metraje, una interrogación expone el plot básico sobre el que se sustentará la trama: un perro callejero de Mumbay está a punto de ganar un premio millonario en un concurso televisivo (el ¿Quiere ser millonario? que por aquí presentó Carlos Sobera), pero las autoridades indias le arrestan e investigan cómo puede ser que alguien de tan bajo estracto social sepa las respuestas a preguntas tan elevadas. Tras un grand finale entre hollywoodiense y bollywoodiense (apelando a un modelo de cine transnacional en una escala sencilla), antes de que los créditos empiecen a circular, el negro de la pantalla se ve enriquecido por una nota al márgen, la respuesta a la primera pregunta: D. It's written.

Y no es una respuesta casual. He de reconocer que me pasé la última media hora del film debatiéndome entre la pasión que me suscitó el primer tramo de metraje y el aburrimiento de los convencionalismos hollywoodienses de la parte final. Es inevitable aborrecer la omnipresente mano del guionista en la historia mafiosa y amorosa con que se cierra la película; por no decir que, precisamente cuando le ves las costuras a la trama, empiezas a plantearte lo poco verosímil que resulta la rigurosa coincidencia cronológica entre el orden de las preguntas del concurso y el orden de las vivencias que le proporcionan las respuestas al protagonista. Pero aquí está la belleza de lo deliberado: algo que a priori puede parecer negativo se torna en positivo cuando el director te da suficientes pruebas de que lo ha hecho de forma consciente. Es lo que suele decirse del kitsch y horterismo deliberado en Moulin Rouge! de Bazz Luhrmann. Y es lo que debería decirse de Slumdog Millionaire, porque esta respuesta final aparentemente inocente es mucho más que una excusa. Es una declaración de intenciones: "sí, esto es Hollywood + Bollywood, así que no busques ficción de realidad". Es entonces cuando la mosca que tenías sobre la oreja se marcha volando y la preocupación se convierte en excitación.

Por lo demás, el film es una nueva muestra del oficio de Danny Boyle como talento audiovisual absoluto, como director extremadamente hábil a la hora de trenzar lo visual y lo musical sobre el lienzo de la pantalla (el ataque religioso, el momento de los niños sobreviviendo en las chabalos y, después, en el tren al son de M.I.A. son excepcionales). La planificación sublime de todas y cada una de las escenas (y, por encima, su relación en un conjunto más que harmonioso) consiguen que el tiempo pase volando y que casi no notes la transición entre la voluntad pseudo-documental del principio y la historia de amor final. La tensión de la narración múltiple en paralelo se economiza a la perfección, siguiendo un modelo de intriga y tranquilidad muy similar al del programa que subyace en el fondo de la trama y manteniendo al espectador pegado a su butaca. Y, sí, admitámoslo: Slumdog Millionaire tiene muchos puntos patilleros en su trama (que se encuentre con el niño ciego en una ciudad superpoblada como Mumbay, por ejemplo). Pero a cualquier objeción de este tipo, recordad la respuesta correcta: D. It's written.

jueves, 26 de febrero de 2009

cómic. Breakdowns

Hay varios parajes en Breakdowns que explican la obra por sí misma. Que nadie crea que estoy volviéndome perezoso al reseñar cómics. Es que, simple y llanamente, al topar frontalmente con obras maestras como esta, parece que la labor del "crítico" (que me perdonen los de verdad) se hace innecesaria. A continuación, Breakdowns según su propio autor: Art Spiegelman.


EPÍLOGO. "Puede que algunos vean Breakdowns como un simple producto de su tiempo, pero para mí es un manifisto, un diario, una nota de suicidio arrugada y a la vez una importante carta de amor a un medio que adoro". Estas serán, muy posiblemente, las últimas palabras que leas justo antes de cerrar este libro con una sensación de satisfacción y arrebato pletórico. Estas frases pertenecen al epílogo con el que se perla la última edición del cómic (respetada impecablemente por Random House / Mondadori en la edición española); y sintetizan, en tres líneas, el viaje que acabas de realizar a través de la militancia recalcitrante del autor en la teoría comiquera más sesuda y surreal. Una teoría de las posibilidades del cómic como medio intelectual de la que, más tarde, bebería gente como Chris Ware y que, a su vez, bebe del underground feísta de Robert Crumb y demás.

HUÍDA / BÚSQUEDA. En un pasaje especialmente inspirado, Spiegelman se dibuja a sí mismo huyendo de la alargada sombra de la estatua de un ratón gigante. ¿Simple simbolismo? Sí, pero tremendamente efectivo. La parte central del libro se centra en el Breakdowns original, publicado hace décadas, que recopilaba los trabajos del autor, previos a Maus, en diferentes fanzines underground; y, como complemento, se añaden el mencionado epílogo y un prólogo ilustrado en el que, a modo de sincero (y tronchante) diario, Spiegelman realiza un repaso a su vida artística y personal (y los múltimples intersticios entre estas dos facetas). Y, pese a la ironía con que aborda la influencia del insalvable Maus, en ningún momento se percibe en Breakdowns la sensación de huida: más bien la de búsqueda, la de exploración de las fronteras expresivas del cómic como medio.

INFELICIDAD. En otra pieza minúscula de su prólogo, la madre del autor le pregunta que para qué quiere hacerse artista si los artistas acaban teniendo vidas infelices. Si nos fiamos del diario inicial, es fácil extraer la conclusión de que Spiegelman es un neurótico totalmente aplastado bajo el peso de la relación con sus padres (sobre todo en lo que respecta al suicidio de su madre). Pero eso es quedarse en la superficie tomatera. Porque si sumamos los logros por separado de sus experimentaciones y exploraciones artísticas, lo único que puede quedar, al fin y al cabo, es la felicidad del creador. Y, evidentemente, la de cualquier lector con un mínimo de interés por la posibilidad del cómic como algo más que la acumulación de postales.

miércoles, 25 de febrero de 2009

cine. La Duda... y sus múltiples dudas.


¿Es La Duda una película retrógrada o rompedora? Más que hablar en términos como retrógrado o moderno, La Duda habla otro lenguaje, más simple y, a la vez, más verosímil y fiel a la realidad. El grueso de la trama está poblado por temas tan tradicionales y asimilados socialmente como la homosexualidad, la pedofilia y la Iglesia (como institución), pero trenzados con un punto de vista novedoso en el que hay espacio para la duda, sí, pero sin un ápice de culpa. Sorprende la modernidad de ese cuestionamiento de la culpa como pilar básico del cristianismo, pero precisamente por eso también sorprende el doble final como paso atrás en lo conseguido: el triunfo de la vieja guardia encarnado por el personaje de Meryl Streep y la grieta inquietante que se abre en ese personaje justo en la última escena. Así que: moderna, sí. Pero con matices clásicos que le restan riesgo e impacto.

¿Es La Duda una buena película? Sin duda. No sólo el punto de partida argumental es fascinante y consigue envolver al espectador hasta ponerle bajo la nariz el olor a iglesia cerrada, sino que muchos otros aspectos del film brillan con un resplandor sublime. Inevitable hablar de las maravillosas interpretaciones: Meryl Streep vuelve a estar inmensa, pero son Philip Seymour Hoffman y Amy Adams los que llevan el film a un nivel superior. A diferencia de la primera, estos dos últimos no necesitan tics excesivos para limar los contornos de sus composiciones: parten de la realidad y acaban en la realidad, pero sus miradas y gestos son sistemas solares en miniatura a punto de estallar. Mención especial para la roba-planos Viola Davis: aparición de cinco minutos capaces de clavarse en tu memoria con la versatilidad de una interpretación realmente difícil. Y seguimos para bingo: además de guión y actuaciones, La Duda tiene una fotografía preciosista capaz de exprimir belleza del ascetismo habitual de los parajes religiosos. Así que sí, es una buena película. Pero visto el revuelo que ha causado, es inevitable ir un paso más allá y preguntarse...

¿Es La Duda una película cojonuda? Ni hablar. Saltará a la vista que en el apartado anterior no he incluído algo tan vital como la dirección. Y es que un film con semejante potencial no se puede dejar en manos de un director que tropieza con unos zapatos cuatro tallas más grandes. Puede que debido a la escasa experiencia de John Patrick Shanley (además de su aventura teatral con la misma La Duda, en su currículum cinematográfico sólo consta otro film: Joe contra el volcán... ejem), el brillo conseguido con todo lo ya descrito se ve ligeramente mermado por una dirección que no es tan sencilla que no se preocupa en explorar las posibilidades creativas del guión. Patrick Shanley cubre la papeleta con oficio pero sin arte: muchas escenas pierden arrojo debido a una mala planificación que no sabe sacar partido de la tensión inherente a lo explicado (y eso que las actuaciones llevan esa tensión a límites deliciosos). Además, ver su mano en el poco afortunado cierre (tan de culebrón, tan fácil) no ayuda a evaluar su papel postiviamente. Por todo ello, es inevitable pensar qué hubiera hecho un director como Stephen Daldry (Las Horas) con semejante material en las manos. En definitiva, es triste afirmar que una película más que buena no llega a las excelencias que promete por culpa de una dirección mediocre. Ahora bien, no penséis que me estoy cargando la película. Para redimir (nunca mejor dicho) la negatividad de este párrafo, permitidme una última y breve pregunta...

¿Deberías ver La Duda? ¡Claro que sí! ¿Qué haces que todavía no la has visto?

martes, 24 de febrero de 2009

música. May your hearts stay strong: lo mejor del 2008 según Too Cool to be Forgotten

Como cada año (o, al menos, desde que le robé la idea a Marc; que no lo dirías por su blog, pero hace unas listas y unas compilaciones maravillosas), no he podido evitar la tentación de hacer una doble recopilación con los mejores temas del año que se acaba de cerrar. Y, como cada año, lo he hecho muy tarde (¡casi estamos a marzo!). Pero como "más vale tarde que nunca", aquí dejo este May your hearts stay strong. A 2008 compilation dividido en dos caras diferentes. ¡Bendita melancolía! ¡Aún recurriendo al concepto de Cara A y Cara B! La explicación es que la Cara A viene a ser más tranquila, mientras que en la Cara B está la parte más trallera. Puede que peque de megalomanía al incluir casi 50 canciones... Pero creedme: se han quedado fuera muchísimas joyitas. ¡Ah! Y todo está optimizado para que lo metas en tu iTunes y tenga hasta la portadita...


CARA A:
1. Antony & The Johnsons, Another World
2. Bon Iver, Creature fear
3. Adem, Unravel
4. Scott Matthew, Abandoned
5. Okkervil River, On tour with Zykos
6. Bonnie 'Prince' Billy, Easy does it
7. Larry Jon Wilson, Shoulders
8. Mark Kozelek, Finally
9. Mount Eerie, If we knew...
10. Portishead, Small
11. Shearwater, Rooks
12. Fleet Foxes, White winter hymnal
13. Grand Archives, Torn blue foam coach
14. The Dodos, Winter
15. Klaus & Kinski, El Cristo del Perdón
16. Cloud Cult, May your hearts stay strong
17. Glavegas, It's my own cheating heart that makes me cry
18. Ra Ra Riot, Ghost under rocks
19. The Wave Pictures, Leave the scene behind
20. Sigur Rós, Gobbledigook
21. High Places, Vision's the first...
22. The Dutchess & The Duke, Reservoir park
23. Jeremy Jay, Beautiful Creatures


CARA B:
1. Al Green, Lay it down
2. The Last Shadow Puppets, My mistakes were made for you
3. Black Kids, Hurricane Jane
4. Fujiya & Miyagi, Uh
5. Air France, No excuses
6. Kelley Polar, Entropy reigns (in the Celestial City)
7. Hercules & Love Affair, Hercules' Theme
8. Jape, Strike me down
9. Passion Pit, Sleepyhead
10. Friendly Fires, On board
11. Sons & Daughters, Darling
12. Black Lips, Bad kids
13. Metronomy, Black eye_burnt thumb
14. Santogold, You'll find a way (Switch & Sinden remix)
15. Esau Mwamwaya & Radioclit, Wena
16. Buraka Som Sistema, Sound of Kuduro
17. Little Boots, Meddle
18. Lady GaGa, Just dance
19. The Ting Tings, Shut up and let me go
20. Neon Neon, I lust u
21. Cristal Castles vs Health, Crimewave
22. The Presets, My People

domingo, 22 de febrero de 2009

libros. La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz: Literatura Pulitzer


Que conste que he leído La maravillosa vida breve de Oscar Wao bastante ajeno al prejuicio que me suele causar la etiqueta, sobre la portada de cualquier libro, proclamando "ganadora del prestigioso Premio Pulitzer". Y es que, en mi caso, el Pulitzer suele tirar de mis extremidades en dos direcciones opuestas: 1. El paraíso lector. Es decir: Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael Chabon; o 2. El infierno literario. Para los que no sepan mi aversión a este libro: Middlesex, de Jeffrey Eugenides. A partir de aquí, que nadie me malinterprete: estoy hablando desde mi ignorancia. Pero es que basta la lectura de estos dos libros para adivinar el patrón que necesita tu libro para llevarte el galardón a tu casa:
  • Recorrido histórico profusamente documentado.
  • Presencia de la inmigración. Si ambientas parte del recorrido histórico en un país del que provienen gran parte de los inmigrantes estadounidenses, sumas más puntos.
  • Presencia de flash-backs omniscientes, por mucho que el punto de vista del libro no los aguante. Pero es que, de alguna forma u otra tienes que dar a entender al lector las horas y horas que te has pasado en bibliotecas y/o charlando con parientes lejanos.
La maravillosa vida breve de Oscar Wao contiene estos tres puntos, evidentemente. Y, pese a no llegar a las cotas de infamia de Middlesex, debo decir que tampoco alcanza (ni de lejos), las excelencias sublimes del libro de Chabon. Para empezar, por los problemas del punto de vista: al multiplicarse las voces, no sólo acabas con cierto cacao mental (es lo que tiene ir saltando adelante y atrás en el tiempo mediante flash-backs de 80 páginas: que al volver al presente tienes que hacer un gran esfuerzo por recordar qué está pasando), sino que corres el riesgo de dejarte algo importante por el camino. Porque supongo que Díaz lo habrá hecho a posta, pero hay cierto agujero negro en la trama de La maravillosa vida breve de Oscar Wao que debería ser imperdonable a los ojos de cualquier lector: en vez de explicar el pasado remoto de los ancestros de Oscar, ¿qué tal explicar algo de su padre (figura ausente... repito, puede que deliveradamente, pero eso no exime la sensación final de cierto fraude narrativo).

Pero, como afirmaba en un principio, la novela de Junot Díaz está muy lejos del terrorismo literario (en el mal sentido del término) de Eugenides. El arranque de La maravillosa vida breve de Oscar Wao es, simplemente, sublime. Puede que por ello la novela se resienta hacia su ecuador, al no conseguir aguantar el nivel. El punto de partida es delicioso: ¿explicar la historia de un país, la República Dominicana, rebajando (o alzando, depende de cómo se mire) la voz narrativa al nivel de un freak de los cómics, el rol y la ciencia ficción? Tremendo. Encontrar símiles históricos que recurran a los Nazgul tolkianos es, simple y llanamente, un placer nada culpable. Además, Díaz consigue trenzar hábilmente esta indagación historicista con la triste historia de Oscar Wao, su familia y el terrible fukú (maldición) que les persigue. Ya se sabe cómo son estas historias por y para freaks: empiezan haciendo que te partas de risa y acaban dejando al descubierto la tragedia de un personaje desconectado de la realidad, amargado en su poca pericia social y vital. En definitiva, La maravillosa vida breve de Oscar Wao es una novela notable, rozando lo excelente, pero lastrada por una indefinición de voces narrativas que acaban desenfocando la trama. Pese a ello, es escalofriante pensar lo que puede conseguir Junot Díaz si perfila las bondades descubiertas en este libro. No sólo tiene mi voto de confianza: también tiene un fan en potencia.


martes, 17 de febrero de 2009

cine. La clase. La importancia de un cine social (bien entendido)

El término "cine social" suele provocar escalofríos en el común de los mortales. Y no les culpo: nos han acostumbrado a que cualquier tipo de reivindicación social se haga desde el panfletarismo del panfletarismo, la simplicidad y, en el peor de los casos, la abstracción. Cineastas como Ken Loach o Chantal Akerman pueden haber hecho un favor a la historia del cine social y a sus fans, nadie lo duda, pero lo que está claro es que no han contribuido en exceso a acercar el "mensaje" a las "masas". O, al menos, a las masas contemporáneas acostumbradas al mensaje fragmentado e hiperactivo de la MTV. Por suerte, parece que estamos viviendo una ola de cambio en la que nuevos cineastas introducen sus manos húmedas en la grieta pulposa que existe entre la ficción y el documental. El resultado aún está por llegar a nuestras tierras, pero en los próximos meses tendremos ejemplos más que interesantes (¡mantened un ojo puesto sobre Vals con Bashir!) y, sobre todo, en la cartelera tenéis algunos de los mejores ejemplos. Aún podéis disfrutar de la increíble La cuestión humana (¿que no es cine social? ¿no habla acaso de la muerte de la conciencia social en el seno del ámbito laboral?)... y de la impactante La Clase.


La Clase es, desde el principio, un proyecto excepcional. Basándose en el libro de François Bégaudeu, en el que dejó por escrito sus vivencias como periodista, el cineasta Laurent Cantet se dispuso a mezclar aquella base documental con una historia que le rondaba desde hacía tiempo: la de un chico problemático que es expulsado de su colegio. Podría haberlo solucionando ficcionando el libro de Bégaudeu, pero su opción fue la difícil: meterse en una clase de verdad con un grupo de alumnos reales y con el mismo Bégaudeu como profesor-conductor. Su arma: tres cámaras. Y su mejor baza, la paciencia: no solucionó la papeleta en una semanas, sino que se pasó meses y meses con los críos hasta que ellos se acostumbraron a la presencia de la cámara y pudo grabar un material verídico.

El resultado es un testimonio vivo, vibrante y fascinante. Es como mirar unos pececillos que se mueven en el agua del fondo de una barca de pescadores. Cada encuadre, cada escena, encierra una verosimilitud a punt de estallar. Y lo que es más importante: la pericia de Cantet reside en su capacidad para la sutilidad, en su gusto por la línea fina sin subrallado allá donde otros utilizarían el fluorescente. El objetivo final es un retrato de conjunto sublime, trufado de subtramas que nunca abandonan el interior de los muros del colegio: sería fácil explicar mucho de lo que allí pasa dejando al descubierto las vidas de los personajes una vez salen del edificio, pero Cantet se muestra coherente en todo momento con ese Entre les murs del título original del film y sólo nos muestra esa vida interior pero para nada claustrofóbica. Finalmente, con los títulos de crédito debería llegar la típica conversación entre espectadores: "¿Te ha gustado?", "Sí, sí"... Pero, sorprendemente, lo más habitual es que las conversaciones a la salida del cine se centren en el (mal) estado y en (mal)estar de la educación. Ese debería ser, al fin y al cabo, el objetivo de todo cine social. Y por eso La Clase brilla con luz propia como avanzadilla del nuevo documental de ficción: porque lo importante es el mensaje... pero la forma no le va a la zaga.

lunes, 9 de febrero de 2009

tv series. The It Crowd. El poder (o no) de la especialización


Era cuestión de tiempo: si el ser humano tardó varios siglos en darse cuenta de que la especialización era la base para un funcionamiento social y económico óptimo, estaba cantado que, tarde o temprano, el fascinante mundo de las series televisivas acabaría por asimilar esa misma información. Algo se intuía con series (británicas todas... curiosamente) como The Office o Black Books. Incluso en esa "especialización" que el las pantallas norteamericanas se decanta hacia la clase superior de los Beautiful Dirty Rich (Gossip Girl, Privileged...). Pero, volviendo a la cantera de BBC y Channel 4, sin duda la que se lleva la palma es The IT Crowd, una serie centrada en el departamento de informática de una gigantesca empresa que los relega al ostracismo de las catacumbas (reales, sociales y laborales). El punto de partida estira la inagotable madeja de los choques de clase, entendiendo en esta ocasión que existen dos clases básicas: aquellos que saben qué es una memoria RAM y aquellos que entienden más de L Casey Inmunitas que de terminología tecnológica.

El choque sub-cultural de los tres protagonistas (dos informáticos y su jefa de departamento, una inepta del tema que es capaz de asegurar en una reunión que si escribes "google" en Google "se rompe internet") es fuente inagotable de bromas. Pero, en un sabio volantazo de timón de los guionistas, la cosa no se queda en el chascarrillo nerdie. A medida que avanzan los episodios, los argumentos van más allá de la incompetencia social de los informáticos y aterriza en otras temáticas más generales e igualmente desternillantes (la confusión con la pronunciación británica de Peter File, la sovietización del lugar para fumadores de la empresa o la visita del grupo a Gay! A gay musical son, simplemente, sublimes). A la espera de esa tercera temporada, ya emitida en Gran Bretaña (con un jugoso episodio que se chotea directamente de Facebook), no está de más rendirse a la sutil pericia de The IT Crowd: fascinar y enganchar al público sin necesidad de recurrir a la high class (tan dada a las tramas de culebrón) sino bajando el punto de vista a la altura de los ojos de la nueva clase urbana y tendente al nerdismo. Que aprendan al otro lado del Atlántico. Pero que aprendan de verdad: el re-make no es aprendizaje. Es plagio.