Mostrando entradas con la etiqueta TV Series. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TV Series. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de agosto de 2009

tv series. Life on Mars


Siempre hay que recurrir al original. Y es que, en esta actualidad televisiva salpicada por la globalización, ya no existen formatos exclusivos: puedes crear una serie de éxito en Corea, que en menos de un año ya se han hecho la versión suiza, inglesa, española e incluso peruana. Eso es lo que ha pasado con Life on Mars, que ha visto cómo en EEUU y España se realizaba adaptaciones alterando (en el caso patrio) la banda sonora y el título de la serie (aquí pasó a llamarse La chica de ayer, en honor al mítico tema de Nacha Pop). Y es que uno de los méritos de la serie original es precisamente sublimar una de las tendencias por excelencia de la nostálgica actulidad audiovisual: en esta era de la venta de bandas sonoras, está claro que la ambientación de muchas películas (y series) que retratan épocas pasadas se apoya de forma sobredimensionada en los temas musicales programados. Pero, por suerte, Life on Mars no se queda en la banda sonora...

La serie narra las aventuras y desventuras de Sam Tyler, un agente de policia de la actualidad que, tras un accidente, se ve transportado a 1973. El choque entre métodos policiales actuales y pretéritos está servido, con su evidente y más que disfrutable carga de comicidad. Pero el verdadero corazón del argumento está en la eterna dicotomía entre conformarse con lo que tienes y te hace feliz o luchar por lo correcto aunque ello comporte grandes cargas de sufrimiento. El omérico dilema de las sirenas revisitado por enésima vez... Aunque, si hay que ser sinceros, en Life on Mars la revisitación funciona como una maquinaria bien engrasada. Tampoco es que sea la serie definitiva, pero hay que reconocer que el balance entre sus logros y sus fracasos acaba decantándose hacia lo positivo. Hay que reconocer que en ocasiones se deja llevar por el lado oscuro de la narratividad mainstream, con concesiones populares que chirrían como chirriarían en cualquier serie policial que pretenda mestizarse con el melodrama de toda la vida.

Pero es que, al fin y al cabo, esas incursiones en la masividad se ven salvadas por dos hechos. El primero, es la inevitable relación de ternura que acabas estableciendo con los personajes; y no sólo con Sam, sino que finalmente acabas rendido a las mieles de Annie (la sirena oficial de la función, siempre cantando para que el protagonista permanezca en los 70) y a la autenticidad de Gene Hunt. El segundo, y más importante, es la capacidad de la serie para realizar escaramuzas hacia una narratividad de mayor complicación y calidad: la mayor parte de capítulos se ven punteados por destellos de genialidad visual y de planificación (el capítulo en el que Sam tiene una sobredosis es excelente), llegando a la cúspide en uno de los finales más polémicos y controvertidos del actual panorama televisivo generalista. Las múltiples lecturas del happy ending final tiñen todo lo visto hasta entonces de un regusto ciertamente disfrutable para paladares elevados. Pero esto no es una apología snob de Life on Mars: la serie es disfrutable a todos los niveles. Para aquellos que busquen acción policial, para los que prefieren la intriga de ciencia ficción, para los gustosos de los romances imposibles... e incluso para los que, como yo, siempre le buscan los tres pies al gato.

martes, 26 de mayo de 2009

tv series. Big Love


Es inevitable que, una vez te ha marcado algo (una serie, un libro, una peli, un cómic), busques "substitutos", "continuadores", "herederos"... En ocasiones, la tarea se revela como ligeramente cansina (¿los sucesores de Arcade Fire? ¿el heredero de David Lynch?). Pero, en otro momentos, esa relación de continuidad se revela natural, sin sobresaltos ni necesidad de aplicar ningún tipo de fuerza externa. Es lo que pasa, por ejemplo, con Big Love y Six Feet Under (A dos metros bajo tierra). Cualquier podrá responderme que no tienen nada que ver... y tendré que darle la razón. Pero es que lo que une estas dos series es ese torrente de emociones familiares (entre los personajes y desde el espectador hacia lo que ve en la pantalla), la sensibilidad con la que la cámara se acerca a lo explicado y el tempo sosegado con el que escarva en las personalidades de los caracteres principales (por mucho que ese sosiego se vea contrapuesto a capítulos realmente vertiginosos).

La excepcionalidad que en Six Feet Under surgía de la funeraria y sus periferias, aquí viene proporcionada por el nido familiar polígamo en el que se centra Big Love: un marido, tres mujeres, siete hijos, tres casas y un jardín común. También hay una tienda que el protagonista intenta convertir en una franquicia... Y, en contraposición a la familia central, existe toda una comuna polígama en la que el integrismo religioso está a la orden del día; y un falso profeta que utiliza su cargo para manipular y extorsionar. Ambos espacios, inicialemente antitéticos, se trenzan a través de inquietantes puntos en común (la poligamía y Los Principios, básicamente) y se separan en ambigüedades, en la letra pequeña (que, evidentemente, siempre es la más importante). De esta forma, todo un conjunto de tramas y subtramas van evolucionando con sutilidad, sin extraños golpes de guión ni irregularidades inverosímiles. No, pese a que no puede existir nada más lejano a tu propia cultura (y religión, si aún la tienes), el mundo de Big Love se presenta ante tus ojos como un mazacote sólido, sin fisuras e incluso con numerosas partes de cristal en las que no es difícil verte reflejado. Se agradece, por ejemplo, que incluso en los momentos en los que las tramas rozan los habituales happy endings, una realización fuerte (y magistral en determinados episodios) pone pesos en los pies de los acontecimientos, devolviéndolos al mismo suelo que pisamos tu y yo.

Mención aparte merecen los actores. Inmensos. Empezando por Bill Paxton (interpretando a Bill Henrickson) y su sublime encarnación de una especie de macho alfa con problemas de identidad y, sobre todo, con dilemas éticos diversos... Y acabando por las magníficas tres esposas: Ginnifer Goodwin (encarnando a Margie, la más jóven de las mujeres de Bill, inmersa en una situación que requiere una madurez que va asoliendo poco a poco), Chloë Sevigny (como Nicky, la esposa más integrista y religiosa, lo que no impide que, en una maravillosa deriva argumental, también sea una consumista compulsiva) y, sobre todo, una arrebatadora Jeanne Tripplehorn (como la primera esposa, Barb: el aglutinador del nido familiar, alguien que tiene que preservar esta extraña unidad familiar pese a que no cree en ella). Los secundarios no tienen desperdicio tampoco, de tal forma que alimentan la trama principal de forma rica y decisiva, tal y como pasa con la madre de Bill, los hijos más mayores de la triple familia, el falso profeta o su espeluznante hijo de este último. En general, conforman un apasionante mosaico tejido con mimo y elegancia. Y, sobre todo, con una verosimilitud vibrante que, al final de la primera temporada, te deja extenuado sobre el sofa... Como si te hubieran cortado un brazo o algo parecido. Por favor, ¡que me lo devuelvan con la segunda temporada!

lunes, 9 de marzo de 2009

tv series. The Office: la importancia del estado personal


HACE UN PAR DE AÑOS... que vi la primera temporada de The Office (la versión británica). Según recuerdo, aquellos días me descojonaba una media de tres veces por minuto, los personajes me parecían supurantemente cómicos, las tramas desternillantes... Sin embargo, lo dejé parado y postergué la segunda temporada "para más adelante". Ese "para más adelante" se ha convertido en "un par de años". Y algo ha tenido que cambiar, porque...


A DÍA DE HOY... por fin he ventilado la segunda temporada de The Office y los especiales de Navidad. Y, tal y como intuía hace un par de años, es una de las mejores series de televisión que he visto nunca. El único problema es que mi relación con el material de Ricky Gervais se ha instaurado en una zona tan ambigua que me veo incapaz de encorsetarla en el género de la comedia. Porque, en esta ocasión, más que reir, cada capítulo me ha conducido al borde de las lágrimas y el desagrado. El personaje de David Brent (Gervais) me ha resultado desagradable hasta el nivel de la náusea: su caracterización de jefe arrogante e ignorante a partes iguales dejó de hacerme gracia en el primer capítulo para provocarme un rechazo tremendo. Y ese malestar, probablemente, sea un logro mucho más profundo que los chascarrillos inmediatos que son los causantes de que la serie entre por los ojos a la primera. Ahí va la primera gran baza de The Office.

El resto de logros son más habituales pero igual de interesantes. El nivel de comicidad de cada capítulo es elevadísimo, pero la pericia de Gervais para trocar lo gracioso en dramático roza la genialidad: conocedor de que al drama le basta un plano para filtrarse en los acontecimientos, los gags se mantienen en cámara más allá de su resolución, revelando el patetismo de un personaje que se tropieza con la tristeza de su propia realidad pero sigue actuando como si nada. Basta con sostener el plano de Brent justo después de cagarla para que la sonrisa se te congele y adviertas la tragedia detrás de este pelele.

Por lo demás, se puede afirmar que lo que hace grande a The Office es, precisamente, la implementación de una clásica historia de amor en el seno de una comedia corrosiva pero trágicamente real (no es difícil ver reflejado tu lugar de trabajo en la oficina de Brent y compañía, ¿verdad?). La relación entre Dawn (Lucy Davis) y Tim (Martin Freeman) corre por los caminos de esa abulia de clase media-baja contra la que es tan difícil luchar. Y es por eso que su triunfo final es nuestro triunfo. Es tan fácil conectar con todo lo explicado en The Office porque nunca recurre a la facilidad del melodrama, sino que bebe de las dificultades de la realidad. Y será por eso, porque mi realidad, mi estado personal, no es el mismo ahora que hace dos años, que las risas de entonces no han desaparecido, pero se han visto enriquecidas con lagrimitas nada culpables.

lunes, 9 de febrero de 2009

tv series. The It Crowd. El poder (o no) de la especialización


Era cuestión de tiempo: si el ser humano tardó varios siglos en darse cuenta de que la especialización era la base para un funcionamiento social y económico óptimo, estaba cantado que, tarde o temprano, el fascinante mundo de las series televisivas acabaría por asimilar esa misma información. Algo se intuía con series (británicas todas... curiosamente) como The Office o Black Books. Incluso en esa "especialización" que el las pantallas norteamericanas se decanta hacia la clase superior de los Beautiful Dirty Rich (Gossip Girl, Privileged...). Pero, volviendo a la cantera de BBC y Channel 4, sin duda la que se lleva la palma es The IT Crowd, una serie centrada en el departamento de informática de una gigantesca empresa que los relega al ostracismo de las catacumbas (reales, sociales y laborales). El punto de partida estira la inagotable madeja de los choques de clase, entendiendo en esta ocasión que existen dos clases básicas: aquellos que saben qué es una memoria RAM y aquellos que entienden más de L Casey Inmunitas que de terminología tecnológica.

El choque sub-cultural de los tres protagonistas (dos informáticos y su jefa de departamento, una inepta del tema que es capaz de asegurar en una reunión que si escribes "google" en Google "se rompe internet") es fuente inagotable de bromas. Pero, en un sabio volantazo de timón de los guionistas, la cosa no se queda en el chascarrillo nerdie. A medida que avanzan los episodios, los argumentos van más allá de la incompetencia social de los informáticos y aterriza en otras temáticas más generales e igualmente desternillantes (la confusión con la pronunciación británica de Peter File, la sovietización del lugar para fumadores de la empresa o la visita del grupo a Gay! A gay musical son, simplemente, sublimes). A la espera de esa tercera temporada, ya emitida en Gran Bretaña (con un jugoso episodio que se chotea directamente de Facebook), no está de más rendirse a la sutil pericia de The IT Crowd: fascinar y enganchar al público sin necesidad de recurrir a la high class (tan dada a las tramas de culebrón) sino bajando el punto de vista a la altura de los ojos de la nueva clase urbana y tendente al nerdismo. Que aprendan al otro lado del Atlántico. Pero que aprendan de verdad: el re-make no es aprendizaje. Es plagio.


martes, 16 de diciembre de 2008

tv series. Weeds... ¿para o sobre (algunos) fumados?


WEEDS ES UNA SERIE PARA FUMADOS. Eso es lo que yo pensaba hace unos meses. Lo cierto es que la premisa no era muy halagüeña: una serie sobre un mamá white trash que, tras la muerte de su marido, se pone a vender droga para costear el american way of life al que está acostumbrada. Lo que yo pensaba: genial, una excusa para media hora de esas risas ralentizadas que tanto les gusta a los "fumaos". Será que no fumo, pero nunca me he sentido identificado con productos de este tipo. Por eso me costó levantar las barreras y permitir que Weeds entrara en mi vida y tuviera que cambiar lo dicho al principio de este párrafo por...


WEEDS ES UNA SERIE SOBRE (ALGUNOS) FUMADOS. Y no demasiados, si hay que hacer honor a la verdad. La cuestión es que acabo de terminar la segunda temporada de esta serie y hacía tiempo que no tenía tal subidón de adrenalina con un cliffhanger final. Ni con Lost (y esto es mucho decir)... Y es que, pese a que los primeros capítulos me gustaron sin más, Weeds es una de esas series que van creciendo poco a poco hasta que, no sabes muy bien cómo, tienes delante de tí un rascacielos enorme que no habías visto hasta el momento. De hecho, es un rascacielos que te provoca unas inmensas ganas de escalarlo a lo Spiderman. Pero no sólo no eres Spiderman (¡flipao!), sino que los guionistas de Weeds son una vil mutación del Dr. Octupuss: seres malvados que te impiden incluso coger el ascensor. Te obligan a subir caminando poco a poco, parando piso a piso para que degustes los (dulces y refinados momentos de tensión creciente cercanos a un nivel insano de taquicardia. Pero que nadie crea que esta serie vive de la tensión, porque este nerviosismo de algunas resoluciones (a nivel orgiástico en el último capítulo de la temporada) no es más que la traducción clara y limpia de unas tramas (familiares, policíacas, lunáticas) inteligentemente narradas y estructuradas... Y, sobre todo, es la cúspide de una montaña en la base de la cual descansan unos personajes humanos, hiper-reales y, por lo tanto, tremendamente cómicos (sin olvidar que la base de toda comedia está en lo grotesco del drama): Nancy es uno de los personajes centrales de comedia con más entresijos de los últimos tiempos, pero el resto no se quedan atrás (con especial mención para Celia, el reverso oscuro y desternillante de la protagonista). En conclusión: que la hierba y los fumados forman parte de la trama, claro que sí... Pero que si alguien se acerca a esta serie buscando Cheech & Chong lo lleva claro. Porque Weeds no necesita de ningún humo para provocarte la risa tonta: te provoca una sonrisa que nace de algo mucho más profundo. Del reconocimiento y la empatía. ¿Quién dijo que hacer comedia era algo simple?

lunes, 1 de diciembre de 2008

tv series. Carta de amor apasionado de un fan fatal de Lost al final de la cuarta temparada


Todo lo que viene a continuación debería ir acompañado de uno de esos rectángulos negros que tapan los ojos de los testigos indiscretos de ciertos programas de televisión. Porque que conste desde un buen principio: yo soy fan de muy pocas cosas... Pero de Lost, lo soy sin vergüenza y sin remisión. No tengo ningún pudor a la hora de afirmar que los visionados de todas y cada una de las cuatro temporadas han ido acompañados de múltiples (y freaks) extras como el ARG (The Lost Experience) o la visita a miles y miles de páginas que hablan de teorías y conspiraciones múltiples.

Pero no voy a hablar de teorías y conspiraciones porque necesitaría un blog extra para ello. Sólo quiero dejar constancia de que ayer terminé de ver la cuarta temporada de Lost (sí, con mucho retraso... pero eso es lo que hay, tal y como expliqué en el post de Dexter) y de que, a día de hoy, sigue pareciéndome una de las series más inteligentes e interesantes del panorama actual. Así que, un poco harto de las críticas típicas, vamos a por un dicen / digo en el que dejar claras las cosas:
  • DICEN... que la cuarta es la mejor de todas las temporadas. / DIGO... que está al nivel del resto. Un nivel excelente, evidentemente. Es más, debido a su corta duración, incluso me aventuraría a decir que no es "peor" por menor calidad, sino por menor cantidad. La impresión de que es "mejor" podría venir proporcionada porque, ahora, la trama avanza en dos direcciones paralelas (presente y futuro... aunque más bien parece que el presente son los flash-forwards y el pasado es la isla), mientras que antes había un presente (la isla) y un pasado discontinuo (los flashbacks). Pero acostumbrado a las sesiones de "Lost en vena", 14 capítulos se me han hecho demasiado cortos. Tan cortos que me ha parecido un "in pass" hacia lo que está por venir en las dos últimas temporadas. Que va a ser muy gordo.
  • DICEN... que la trama de Lost no aguanta seis temporadas. / DIGO... que nos podrían tener en vilo unos quince años más.
  • DICEN... que lo que hacen Abrams y su equipo de guionista es muy fácil: mantener la intriga constante a través de misterios que se desvelan con cuentagotas. / DIGO... INTENTADLO VOSOTROS! No sólo es jodidísimo hacerlo con la inteligencia con la que se dosifica la información en esta serie, sino que se requiere de muchísima pericia para presentar la trama con tal riqueza de capas interconectadas.
  • DICEN... que lo de Lost no es para tanto porque es como un burro al que le ponen delante una zanahoria para que corra y corra sin dirigirse a ninguna parte / DIGO... que puede que me equivoque, pero que en esta cuarta temporada ya vemos suficientes indicios de que J.J. Abrams y compañía lo tienen todo más que ligado y pensado. Se empieza a desenmarañar la trama alrededor de Dharma y de Los Otros, añadiendo las conexiones (inquietantes) con Charles Widmore y el padre de Jack. Para quitarse el sombrero.
  • DICEN... que los protas son Jack, Kate, Sawyer, Locke y los estrellados iniciales. / DIGO... que, a tenor de lo visto, el protagonista absoluto de la serie es, sin duda, Ben Linus. Inmenso.

jueves, 20 de noviembre de 2008

tv series. Dexter. Lo que todos sabíais... pero yo no.


Hará un par de años que alguien me pasó la intro de Dexter... y me fascinó al momento. Sabía que, con semejante opening, y con Michael C. Hall de protagonista, sólo podía caer rendido a los pies de esta serie... tarde o temprano. Pues bien, ha resultado ser bastante tarde. Y es que esto es lo que pasa cuando tienes un código moral estúpido (y ordenado) que te obliga a ver las series a medida que van saliendo en DVD en este país. Es por eso que todavía no he visto la cuarta temporada de Lost... y, por extensión, no he visto hasta ahora la primera de Dexter. Tampoco es que me arrepienta. Lo único malo de este regimen de visionado es que ahora que puedo comentar sobre el tema, resulta que todo el mundo ya ha comentado y no puedo decir nada nuevo.

Total... Que, tal y como pensaba, he acabado siendo fan de Dexter. Pero no tanto como imaginaba (eso sí, ya me han soplado que el fanatismo seguramente me llegue con la segunda temporada... ¡siempre tarde!). No he podido evitar acabar con cierta sensación de bluff, básicamente por un motivo: los cinco primeros capítulos son impecables, pero después la trama parece diluirse para, en los dos últimos episodios, apresurarla con sutiles palmaditas en el culo. Lo que podrían haber explicado de forma mucho más extensa (a lo largo en el tiempo, sí, pero también hacia abajo, escarbando), haciendo que la fascinación calara hondo en el espectador, lo resuelven a trancas y barrancas, de forma que al final piensa "ah! muy bien la conclusión" (y que conste que es una de las resoluciones más apañadas del panorama de series actual)... pero ya está. Podría haber sido mejor. Igual que se podrían haber aprovechado algunas relaciones que, finalmente, quedan desperdiciadas (y me refiero básicamente a ese psicólogo asesino,con quien Dexter podría haber establecido un lazo más que seductor). Pero que nadie crea que estoy despotricando contra la serie: me ha alucinado el ritmo, las actuaciones (deeply in love con la hermana del prota... ñam!), el cuidado empaque visual (esos blancos quemados son oníricos, casi surrealistas) y, sobre todo, la deliciosa trampa moral que supone posicionarte al lado de un asesino, desear que se salve y se salga con la suya. Pero no puedo esperar para meterme mucho más profundamente en esa salvaje dicotomía ética que supone la forma de vida de Dexter: espero que la segunda temporada vaya precisamente de eso... Por lo demás, un último fallo de la serie: los títulos de crédito finales deberían ir acompañados de Bonnie 'Prince' Billy cantando "I'm a wolf among wolves"... Perdonadme. Tenía que decirlo.

viernes, 31 de octubre de 2008

tv series. Dicen: The Wire son los nuevos Sopranos. Digo: The Wire es mucho mejor que los Soprano


Al principio me mostraba reticente: la mayor parte de gente que me recomendaba ver The Wire eran los mismos a los que les había alucinado The Sopranos. Empezamos mal. Así que me pasé los dos primeros capítulos de The Wire buscándole pegas: que si el hecho de que la única mujer del grupo de polis sea lesbiana es demasiado obvio, que si casi todos los personajes rozan el cliché, que si los capítulos duran una hora, que si los apuntes de las vidas personales de los protagonistas son escasos y difusos... Pero al tercer capítulo empecé a olvidarme de los defectos y a concentrarme en los aciertos. Empezando por algo que no me pasa demasiado a menudo y que he de celebrar por todo lo alto: ¡los capítulos de una hora de esta serie se me pasaban volando! ¿Cómo podía ser? ¿Cuándo me había rendido?

Dejando de lado mi mítica (y contraproducente) tendencia a consumir la cultura con ideas prefijadas (que eso es algo que nos pasa a todos, ¿no?), he de admitir que lo de The Wire, después de haberme tragado la primera temporada como el que respira, es muy grande. Mucho. No sólo despliega una trama apasionante de una forma ordenada, inteligente, alimentando las tramas paralelas con una claridad transparente y deslumbrante a la vez, sino que pone sobre su delicioso tablero de ajedrez unos personajes apasionantes... ¡sin necesidad de recurrir a vidas personales truculentas ni falsamente íntimas (y/o psicoanalizadas por una psicóloga de la que prescindes cuando te sale de la bragueta)! Ese es el gran poder de The Wire: los personajes. Desde el rapero mafioso ¡gay! hasta el policía que ha estado apartado de las calles durante años y que vuelve a la luz con una habilidad extrema para desenmarañar datos ocultos y terjiversados. Absolutamente genial. Poco a poco, vas descubriendo que el alcance de la trama es el de una telaraña que se extiende a áreas más allá de las de la distribución de drogas: política, medios de comunicación... La primera temporada de The Wire establece las bases para, en futuros episodios (que me muero por ver), ir explorando todos y cada uno de los hilos de esta tela de araña. Y, sinceramente, son unas bases sólidas, pétreas... Las bases que tendría que tener cualquier serie que pretenda llegar a unos mínimos de calidad. Que aprendan.

miércoles, 22 de octubre de 2008

tv series. Twin Peaks y las falsas epifanías de David Lynch


Supongo que ya está todo dicho sobre Twin Peaks. Pero, después de verla por tercera vez en mi vida (o algo así), no podía dejar pasar la oportunidad de ponerla aquí, en la actualidad, justo al lado de todo un conjunto de series que nos venden como una Época Dorada de la ficción televisiva que es cierta... con ciertos matices. Hace no demasiado que leía cómo Nick Hornby celebraba los diez años de vida de su Alta Fidelidad, plenamente consciente de que es un honor el hecho de que un libro siga vendiéndose (y entendiéndose con pasión) una década después de haber sido escrito. Twin Peaks se emitió en los primeros noventa (¡hace más de quince años!) y verla hoy por hoy sigue siendo una delicia (culpable y alucinada). ¿Podremos decir lo mismo de aquí a quince años de series como Heroes o The Sopranos?


No voy a contestar a esa pregunta, evidentemente (porque la gente se acuerda de lo que dices incluso diez años después). Lo que sí que puedo afirmar es que Twin Peaks no sólo sigue viva, sino vibrante, esperando que entre las mil y una capas que despliega ante tus ojos, encuentres nuevas lecturas o, simple y llanamente, nuevas fuentes de placer. Porque, al fin y al cabo, ese es el punto fuerte de David Lynch: la falsa epifanía intelectual que acaba sucumbiendo a un impacto estético mucho mayor. Perdonad la frase pajillera. Me explico. La propuesta de Lynch, y en esta serie puede apreciarse a la perfección, se basa en un juego de dos movimientos sublimes:

1. Falsa epifanía intelectual. Justo cuando acabas de ver cualquier producción de Lynch, es inevitable dejarse llevar por un subidón en el que siempre exclamas "¡lo entiendo!". Por muy retorcida que sea la trama que el director planta delante de tus ojos, siempre puedes recurrir a conexiones enfermizas y explicaciones rocambolescas para recomponer el puzzle y explicarle a tus colegas que, al fin y al cabo, la historia existe. A la semana, sin embargo, te has olvidado de cómo se ordenaba el puzzle. Es más: te importa un pimiento.

2. Impacto estético duradero. Lo dicho: a la semana, la historia te importa una mierda. Pero sigues recordando mil y un detalles visuales. Ejemplo Twin Peaks: recordarás para la eternidad la mirada de Lady Leño (Catherine E. Coulson), el agente Dennis (David Duchovny) vestido de camarera, "The Black Lodge" con sus cortinas rojas y el enano danzante, Laura Palmer (Sheryl Lee) hablando hacia atrás, los ojos penetrantes de Audrey Horne (Sherilyn Fenn), la omnipresente catarata, el plano final del agente Cooper (Kyle MacLachlan) golpeándose contra el espejo... También puede que recuerdes la descompensación de ritmo entre las diferentes temporadas (en la segunda parte de la segunda temporada se nota un apresuramiento atroz por cerrar las tramas), pero eso es otra historia. Lo que acaba quedándote siempre de David Lynch es, sin duda, su propuesta estética. Porque de ella emana la fascinación de una historia que, contada por otro, sería el colmo de lo tópico. Que aprendan los directores de esta Edad de Oro.

viernes, 26 de septiembre de 2008

tv series. 2 motivos por los que no me gusta The Sopranos y 1 motivo por el que sí


1. Coherencia y progresión de personajes. Por pasos: entendo que la gracia del personaje de Toni Soprano reside en su incoherencia, en su incapacidad acatar las pautas de normalidad, moralidad y normas sociales que nos guían al resto de los mortales. Pero siete temporadas (porque son siete, y no seis y media) es pasarse. Y más si tenemos en cuenta que la otra gracia de la serie es esa terapia totalmente inefectiva, por mucho que al final te salgan con la excusa de que este tipo de tratamientos psicológicos en pacientes como Mr. Soprano lo único que hacen es reafirmar sus tendencias sociopáticas. Lo siento, pera a esas alturas ya me da igual: que Toni se cargue a gente de forma aleatoria (bueno, con esa aleatoreidad que por aquí solemos llamar "golpes de guión" o "porque al guionista le conviene") me toca la moral. Por no decir las pelotas. Y la incoherencia no se reduce al protagonista: los demás personajes no sólo aparecen y desaparecen de forma alarmante, sino que sus actuaciones están dictadas por lo que interesa a los guionistas (alianzas, traiciones, etc) y no porque obedezcan a una progresión interna del caracter. ¿Que los creadores de la serie están intentando translucir la imprevisibilida del mundillo de La Mafia? Me la suda. Podrían haberlo hecho "a través" de los personajes y no "utilizando" a los mismos. Mencionar las dos únicas excepciones: Adriana (ejem) y Carmela (que, no nos engañemos, debería ser la verdadera prota de la serie).

2. Pericia narrativa. Porque todos hemos visto Shortcuts y Magnolia, así que estamos totalmente acostumbrados a las tramas paralelas. Vamos: que somos capaces de asimilar arcos argumentales simultáneas que progresan de forma paralela. Entonces, ¿por qué parece que la serie funcione a base de capítulos monográficos? Hay capítulos centrados en determinados carácteres que después se pasan media temporada sin volver a aparecer. Parece que aunque nosotros somos capaces de asimilar varias tramas, los guionistas son incapaces de dosificar los diferentes arcos argumentales en un mismo capítulo. A esto, en mi pueblo, se le llama no tener ningún tipo de pericia a la hora de abordar el arte de la narración. Y sí, en mi pueblo tampoco le damos Globos de Oro a series sin pericia narrativa.


3. Toni Soprano / James Gandolfini. Muy bien: el personaje es un absoluto bluff. Pero eso no quita que, durante las dos primeras temporadas, te quedes absolutamente enganchado a la pantalla. Porque parece que Gandolfini ha encontrado el papel de su vida (que le costará quitarse de encima, por cierto) y lo exprime de forma sublime hasta donde dan los limitados guiones. Y porque tiene mucho morbo, para qué lo vamos a negar.

martes, 26 de agosto de 2008

tv series. My name is Earl (Temporada 1)


Si esto fuera un artículo y no un post (llamémoslo deformación profesional), lo subtitularía "My name is Earl. O cómo la industria del doblaje española al completo debería ir directa al infierno (una planta por debajo de los que traducen los nombres de las pelis)". La cuestión es que hace tiempo, como buen fan de Jason Lee (desde su mítico Banky de Chasing Amy), me apasioné con la idea de que el hombre en cuestión estaba haciendo una serie para televisión. Por extraño que parezca, no tardó en desembarcar en la Fox española (donde estos días estrenan la tercera temporada). Aquella fue mi oportunidad de echarle un primer vistazo... y de desapasionarme. Los motivos: 1. las plataformas digitales de este país tienen una deficiencia imperdonable en lo que a VO se refiere, así que te obligan a visionar la versión doblada o a arriesgarte a pasar por alto la mitad de las bromas lingüísticas del original y 2. el doblaje era casi tan casposo como el de Escenas de Matrimonio (no confundir con Matrimonio con hijos... ¡ehem!).

Por suerte, me compré en DVD la primera temporada. Porque es Jason Lee. Y porque, por debajo del doblaje horripilante aún tenía la esperanza de que existiera un mundo a descubrir una vez se disipara esa molesta niebla. Y así es. Puede que My name is Earl no llegue al nivel de hipnotismo surrealista de Arrested Development, pero apunta hacia allá. Y de todo puede pasar en futuras temporadas. Porque ya en estos primeros episodios se vislumbran personajes que poco a poco se van desatando (Catalina, Joy... ¿alguien se apunta a un club de fans de Joy?) y, sobre todo, situaciones cada vez más tronchantes. El punto de partida no podría ser mejor: un calavera que descubre las leyes del Karma y que decide hacer un lista de todo lo malo que ha hecho en la vida para enmendarlo... A partir de ahí, suma y sigue. Todo puede pasar. Y lo cierto es que esta primera tanda de episodios no sólo es una toma de contacto excepcional con los personajes y el argumento: cuando llegas al último capítulo, estás tan dentro que sólo podrás desear empezar con la segunda temporada (nota mental: tengo que pasarme por el FNAC a comprarla). Por cierto, motivos para no piratear y comprárte el pack original: esta edición en DVD incluye un episodio inédito genial en el que Earl no quiere enmendar lo malo, sino patearle el culo a todos los que le han puteado. Imprescindible.


lunes, 11 de agosto de 2008

tv series. Little Britain


Cuando acabas de ver las tres temporadas de Little Britain lo único que puedes hacer es exclamar: "esto es España... ¡y qué mal estamos!". Es inevitable pensar que mientras que los británicos se dejan hipnotizar por el humor de David Walliams y Matt Lucas, por estos lares la lobotomización viene de la mano de Muchachada Nui en el mejor de los casos y de Escenas de matrimonio en el peor. Pero no nos pongamos apocalípticos. Que ese no es el sentido de este post. Más bien quería, simple y llanamante, hablar de Little Britain. Para aquellos que no la conozcan.



Little Britain fue, primigeniamente, un show radiofónico en el que se plantó la simiente de la mayor parte de personajes que después se podrían disfrutar en la televisión. El show se basa en gags, y aunque el formato (y muchas salidas de tono) les acerca a Monty Python, el tono general también les emparienta con propuestas británicas trash como The young-ones. Pero dejémonos de referentes, porque lo cierto es que Lucas y Walliams han sido capaces de crear todo un universo que, tal y como se anuncia al principio de cada capítulo, pretende (y consigue) acercarse a los habitantes de Gran Bretaña. Lo hace, eso sí, a través de unos ojos cargados de mala leche y con una alergia evidente hacia lo políticamente correcto. Y lo mejor de todo es que, como en las mejores películas y series, la extracción y análisas de un sector concreto (la sociedad británica) realizado con la suficiente pericia acaba por resultarte cercano, comprensible e identificable. Demasiado identificable, a veces.

Ese es el caso de la maravillosa Vicky Pollard, una chola (quilla, chunga... como queráis) que si hablara en castellano bien podrías encontrarte en el metro un día cualquiera. Es, sin duda, uno de mis personajes preferidos, junto con dos de las creaciones más brillantes en lo que a humor se refiere de los últimos tiempos. El primero: Sebastian Love, secretario enamorado del primer ministro británico (encarnado por el mítico Giles de Buffy Cazavampiros). La segunda: Carol Beer, primero dependienta de banco y más tarde agente de viajes que acumula sobre sus hombros lo peor (y lo más divertido) que te puedes encontrar cuando te expones a alguien que trabaja "de cara al público". Me sabe fatal ahora dejarme a muchos otros personajes que me han hecho desternillarme a través de estas tres temporadas, tal y como Daffyd Thomas ("the only gay in the village"), Andy y Lou (que atacan directamente a tu capacidad para soportar chistes con minusválidos y retrasados), la señora Emery (lo mismo, pero con chistes sobre incontinencia de la orina), Marjorie Dawes (the same again and again, pero con chistes sobre gordos), Harvey Pincher (que pone a prueba tu capacidad de ver a un hombre adulto tomando leche del seno materno), Ray McCooney (escocés místico que, para mi pesar, desapareció después de la primera temporada), Linda Flint (secretaria universitaria que se pasa a base de bien con los alumnos), Bubbles, Anne... La lista es interminable.



Pero, para mi descontento, la serie no es interminable. Más bien lo contrario. Después de estas magníficas tres temporadas (que se disfrutan como un suspiro, con una velocidad devoradora y casi carnívora), sólo queda un especial de Navidad... y la posibilidad de que, en el futuro, tal y como afirman Walliams y Lucas, recuperen algunos de los personajes, inventen muchos otros, y vuelvan con esta Little Britain que bien podría ser Little World. También está la posibilidad de irse a Gran Bretaña a verlos en directo en alguna de sus giras con los mismos personajes de la serie... Pero si alguien contempla esa posibilidad, que intente ver algún gag de Vicky Pollard sin subtitular. Y que luego me diga.